lunes, 22 de enero de 2007

El Condenado


POR: JOSÉ XEDROC


"Si soy el eco y no el grito,No soy real..."Kraken

Bessonov Nicolay. Girl in a prison. Acuarela. 1987

El sobresalto de la muerte fue horrendo. Lo fusilaron. Se desplomó. Un instante después estaba de nuevo en el triste calabozo de madera de los condenados y faltaba sólo un rato para que lo balearan de nuevo. Tomó su cabeza entre sus manos llorando como un niño. No sabía ya cómo salir de esto.
Después de morir muchas veces, los plomos le habían impactado en miles de sitios distintos: Unas veces los proyectiles se incrustaban en su cuerpo, otras veces lo atravesaban de lado a lado en línea recta, en otras ocasiones incluso hacían extravagantes trayectorias, chocaban con sus huesos y se desviaban o perdían su fuerza donde sus carnes eran más duras y se le quedaban incrustados. Era muy doloroso, sentía sus órganos reventar y sus músculos aflojar tras los fogonazos. En ocasiones, por accidente, su rostro recibía el latigazo de una bala y giraba como en una rabiosa bofetada mientras sus mandíbulas se rompían en astillas, e incluso una que otra vez su cerebro era impactado y no podía sentir cómo se desplomaba, lo que resultaba ser descanso ya que su última mirada era casi siempre testigo de su caída al suelo, angustiado, agonizante, hecho una miseria, sus manos atadas tratando de cumplir con la orden refleja de detener la caída.
Un grito desasosegado surgía de la empalizada donde estaba preso:
- ¡Guardiaaaaaaa...! - llamó lúgubremente el prisionero
Nadie contestó.
Afuera había dos hombres que daban la espalda a su celda de madera. Los volvía a ver con sus bayonetas cruzadas al frente en interminable posición de firmes, inmóviles, harapientos. No sabía en qué endemoniado lugar estaba, no se había tomado la molestia de preguntarlo en todas las veces anteriores. Sólo había notado que ni él ni sus centinelas vestían uniforme. Si eran soldados rivales en alguna guerra, era ésta una disputa de miserables, si él era simplemente un civil inculpado en alguna causa a la pena capital, no lo sabía; ni siquiera sabía su propio nombre. Lo había preguntado mil veces en las pasadas ejecuciones y nadie le respondía. Era la consigna. Los que le custodiaban y le daban término a la sentencia eran un pelotón de sujetos acostumbrados, no a recibir órdenes, sino a obedecerlas. Dejaban ver claramente que no tenían la menor autoridad para dirigirse al recluso, pero más que eso parecía que realmente no tenían idea de nada. Eran su propia creación, eran su sueño, no podía pretender que supieran más que él mismo.
El condenado descubrió que estaba soñando en una de sus marchas al lugar de su tormento, cuando, impaciente por escapar de ese ciclo infinito de fusilamientos, miró hacia arriba como para evadirse y en vez de la bóveda celeste vio sus propios pensamientos y recuerdos, pero sin poder alcanzarlos: no sabía ni quién era en la vida real, ni en su ficción, no sabía nada de sí mismo. Una y otra vez intentaba recordarlo pero su memoria estaba fuera de su alcance. Lo que más le impresionó de haber descubierto esto fue haberse demorado tanto en mirar al firmamento; había desfilado ya decenas de veces cuando por fin se le ocurrió llevar la mirada arriba. "¡¿Cómo no me di cuenta antes?!". El desolado rehén no miraba hacia lo alto ni en sus quimeras, nunca intentaba escapar hacia el cielo.
"¡¿Pero es que puede ser eso?!", pensó, "¿estaré atrapado en mi propio letargo?". Tras reflexionar largamente durante las esperas en su rudimentaria mazmorra, el reo calculó que la única forma de salir de ahí era evitar que lo ajusticiaran o al menos aplazar el trance un poco. Finalmente llegó a la conclusión de que la razón por la que estaba atrapado en tan trágica rutina era porque había entrado en una especie de espiral onírica, tal vez debido a que no era capaz de imaginar nada distinto, de fantasear con otra invención que esta misma por la que estaba discurriendo. Si lograba cambiar el curso de su ficción tal vez pasaría una de dos cosas: o bien seguiría delirando y en uno de los vericuetos de sus extravíos recobraría sus recuerdos y pensamientos propios, que era lo que más extrañaba en estos terribles momentos, o tal vez - y eso sería hermoso - encontraría el modo de lanzarse de un solo salto al mundo real y despertar.
Tras pensar que podía huir de su pesadilla estorbando su asesinato, el patibulario creyó que lo que venía iba a ser lo más fácil, pues hasta entonces, hasta el instante que reflexionó así, sólo había desfilado silencioso y pasivo hacia su suplicio, no muy consciente de que tal vez podría cambiar el curso de las cosas.
Pero cuando el cautivo empezó a intentar huir de su sentencia nada cambió, ni nadie le escuchó. Ahora que estaba en su triste encierro sabía que pronto vendrían por él. Un personaje al que los otros llamaban con respeto "capitán" se acercaría, con un atuendo un poco más marcial que el de los otros, y los dos guardias le harían el habitual saludo militar. Ahí comenzaría todo de nuevo. Varias veces les había preguntado tratando de sonsacarlos: "Díganme quién soy yo", "¿cómo me llamo?", "Por favor respondan, ¿de qué se me acusa?, ¿Por qué van a matarme?". Sollozaba, gemía, gritaba, pero todo eso no llevaba a nada, la orden de fuego se cumplía sin miramientos y reaparecía irremediablemente en su celda. No pocas veces ese mismo comandante de la ejecución - un hombre digno y honesto sin duda, buen mozo y de estatura más baja que los reclutas que le cuidaban - le había reprendido con palabras de vigoroso talante:
- Compórtese usted como un varón de verdad, ni a una mujer he visto implorando de esa manera. Su propio fin le espera, ante eso no hay atenuante. De qué vale terminar como un cobarde cuando lo único que quedará de usted será su nombre y su honor...
No había manera de hacer entender al oficial que el pobre convicto no tenía ni nombre, ni honor, ni nada; ni aún un mísero recuerdo le acompañaría a esa muerte verdadera que no acababa con una vida que no tenía, porque todo era un ensueño. El prisionero, mientras marchaba al cadalso, se sentía verdaderamente próximo a la extinción, no sólo por el espantoso dolor físico que experimentaba, sino también porque avizoraba lo mismo que cualquier desahuciado que se dirige hacia lo inevitable, que en este caso no era dejar de vivir sino algo tal vez peor: seguir viviendo este desvarío.
El condenado en camino al patíbulo miraba hacia arriba y quería huir.Tampoco una actitud honorable lo salvaría del suplicio, lo intentó al principio, aunque no fuera deliberadamente, cuando marchaba taciturno hacia la fatalidad. Luego de esas primeras veces siempre imploraba:
- Capitán, por favor, escúcheme usted, no me mate, se lo ruego, déme un día más, aunque sea unas horas...
- Sólo cumplo con mi deber, cumpla usted con su destino.- Carguen, apunten, ¡Fuego!.- ¡Nooooooo...!
Los rifles tronaban. Mucho sufrimiento. El presidio...O en otras ocasiones trataba de convencerles siendo sincero:
- Ustedes no existen, escuchen, todos son mi creación, los estoy soñando, no me disparen, se los ordeno...
Al escucharlo todos creían que la cobardía le hacía desvariar, lo cual les ganaba su desprecio y eso hacía todo peor: le maltrataban, le daban culatazos con el dorso de las vetustas armas. Ya no conducían a un semejante a la matanza: era sólo un tipo trastornado por el pavor. Le contestaban desafiantes "si somos tu creación, haz que desaparezcamos". Nadie entendía la angustia del condenado.
También había tratado de huir del calabozo donde estaba encerrado que era un lamentable enrejado en madera muy fácil de vulnerar, pero cuando se evadía le era invariablemente imposible moverse hacia algún sitio distinto que no fuera el camino del suplicio. El espacio en que transitaba este terrible delirio estaba circunscrito a ese pedregoso sendero tapizado de hierba reseca y moribunda.
Cuando intentaba dirigirse en otro sentido las piernas se le atascaban y le era imposible desplegarse libremente y aun si se arrastraba hacia donde podía, dos soldados eran más que suficientes para inmovilizarlo a los pocos pasos sin tener siquiera la esperanza de que le dieran un tiro por la espalda en la huida, algo que o bien le hubiera sacado de su sueño o al menos le hubiera acortado los ciclos de extinción. Cuando esto ocurría, él volvía a su rudimentaria mazmorra atado de pies y manos y sólo le desataban para marchar, o en otras ocasiones le arrastraban.
- Capitán, déme aunque sea una hora más, tenga piedad, se lo ruego...
- No es un acto de piedad sino de sevicia alargar el martirio de un hombre, tenga usted valor ante lo ineludible.
- Carguen, apunten, ¡Fuego!.- ¡Nooooooo...!También pasó que se negara a caminar lo cual hacía que se exaltaran los ánimos de los milicianos, que le degradaban y le insultaban. Si no accedía a ponerse de pie frente al pelotón se le ataba a una estacada para dejarlo en posición.
-... ¡Fuego!El penado no tenía ya fuerzas de nada. Había pasado por centenares de fusilamientos, que en tiempo objetivo, en tiempo de la gente despierta, eran interminables horas de tormento, de morir dolorosamente tantas veces. Estaba completamente agotado de esta pesadilla.
- Guardia, por favor déme agua. Tengo sed.Hasta ahora no había notado que sufría de las mismas necesidades de cualquier ser despierto. Cada vez descubría cosas nuevas, como la fisonomía y el carácter de sus victimarios, que se iba haciendo más nítida. Así ocurría también con las cosas que le rodeaban, que se iban definiendo; el clima era sin duda tórrido, el aire húmedo, pero en los momentos que transcurrían hacía frío, tal vez porque era de madrugada. Veía a través del cercado, a la distancia, unas palmas y unos árboles que no distinguía. A un tipo de su siglo no le era útil en lo más mínimo saber de plantas, pero aquí hubiera sido conveniente conocer cosas como esa o saber de insignias militares y a qué época pertenecían las armas. Se había propuesto que si podía recordar esos detalles averiguaría al respecto para saber a dónde había llegado. Raro propósito.
El combatiente entró al calabozo y ajustó la puerta tras de sí. Llevaba en la mano un recipiente de barro cocido en forma de taza, sin orejas. Sirvió de su propia cantimplora agua y la dejó en manos del preso. Al disponerse a salir éste preguntó:
- Guardia, dígame algo. He perdido la memoria, tal vez sea el terror a la agonía. Necesito saber cómo me llamo, cuénteme por qué me van a matar.
- Lo siento -decía el famélico y harapiento lancero sin poder ocultar una mirada de lástima al desdichado -. Además de que no se me permite hablarle no tengo la menor idea de su asunto. Comprenda, yo sólo cumplo órdenes.
Esa mirada ya la había visto antes. Era la misma con al que ese muchacho dejaba a su rehén frente al pelotón de verdugos antes de marcharse. Se notaba claro que no era un combatiente innato, que no era un ser hecho a la milicia, que no le gustaba la crueldad. Tras justificarse tan amigablemente como se lo permitía la prudencia el espada salió de la celda y colocó el cerrojo de madera desde afuera.
El recluso lloró un rato con desconsuelo y enfado. Luego se acercó a los resquicios en la madera y llamó al mismo mozo, quien volvió a acercarse y sin decir palabra esperó a lo que tuvieran que decirle, sin entrar y sin abrir la puerta.
- Guardia, ¿sabe usted su propio nombre?, ¿Conoce a sus padres o recuerda a algún pariente? ¿Para cuál ejército combate?, Conteste, por favor -decía el prisionero con ánimo visiblemente perturbado.
- Lo siento, no puedo hablar -respondió a su vez el otro ya impaciente y se alejó hasta su puesto.
- Usted no existe -gritó el hombre recluido- y por eso no recuerda nada. Confiéselo, usted es parte de mi maldita alucinación. Déjeme ir, ¡se lo ordeno!
El centinela ni siquiera se dio vuelta, el inculpado no pudo ni aun ver qué cara hizo el muchacho al escucharle. Todo quedó en sepulcral silencio, una barrera de mutismo separaba a todos los personajes de escena, y unos instantes después sólo se escuchaban unos sollozos provenientes del enrejado que a nadie importaron, ni a él mismo, tan extenuado estaba de todo esto.
Un rato después había como siempre dos veladores esperando a su oficial y un sentenciado esperando la muerte llorando entre unos maderos. Como en todas las ocasiones anteriores llegó el oficial y entre los tres condujeron al alterado cautivo al patíbulo. Esta vez no se cruzaron ni una palabra hasta que el reo fue dejado por su escolta de pie ante los que lo iban a fusilar.
- Capitán -dijo el condenado con visible desespero, dispuesto a jugarse otra vez la última carta con otra nueva idea -, quiero expresarle mi última voluntad.
El comandante se acercó condescendiente:
- No creo que pueda ofrecerle mayor cosa, ya ve usted las condiciones en que están mis soldados.
- No es nada de eso. Necesito confesarme, capitán.
- Imposible, no hay sacerdotes, y no puedo esperar a que llegue uno, no sabría ni a quién solicitar algo así en este momento.
- No me niegue ese sagrado derecho, capitán. Espere hasta mañana para confesarme, si no ha llegado nadie entonces haga conmigo lo que le parezca.
La expresión del oficial iba perdiendo la nitidez lograda hasta ahora. Su voz sonó como salida de una tumba para responder implacablemente mientras se daba vuelta para tomar su posición.
- Imposible.
- Entonces déjeme orar un poco, capitán, déjeme hacer penitencia, por favor...
- Lo siento, no puedo discutir. Esta ejecución debe hacerse de inmediato.
- ¿No lo ve, capitán? ¿Por qué tanta precipitud?, ¿Por qué negar a su prisionero el más sagrado derecho? ¿Acaso no entiende lo que pasa?...
- Carguen...
- ¿Quién le dio semejante orden, capitán?, Míreme, ¡usted es mi creación, es parte de mi sueño!...
-...Apunten...
- Capitán, escúcheme, por favor, déme un rato para poder despertar de esta pesadilla...
El capitán se sintió desvanecer. Comprendió todo cuando vio que no había cielo. Cayó en cuenta de que no tenía pasado ni futuro, de que lo que decía el condenado era verdad, de que dejaría de existir en el mismo instante que pronunciara la palabra que se le estaba deslizando por los labios...
- ...Fuego!.
Tronaron las armas. Las balas rompieron la piel en varios sitios distintos. El cuerpo se desplomó en una angustia y un dolor inmensurables. Se ahogó un gemido de agobio.
El condenado está de nuevo en el calabozo.

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